
MÚSICA: CRÍTICAS Y SHOWS
El delicado sonido del trueno
Por Fernando Viano
El ex guitarrista y cantante de Pink Floyd, tocó por primera vez en la Argentina y brindó un concierto de casi 3 horas en un Hipódromo de San Isidro que estuvo desbordado en su capacidad.
A las 21.30 y con un Hipódromo de San Isidro repleto de un público que late al ritmo del corazón pinkfloydiano, el primer acorde de Stratocaster resquebraja el cielo y se ilumina la icónica figura de David Gilmour, en impecable negro. Una de las leyendas musicales vivientes de nuestro tiempo, la figurita difícil que faltaba en el álbum de artistas consagrados que pisaron suelo argento, está lista para cumplir con todas las expectativas, pese a la desorganización en los ingresos y la sobreventa de entradas que amenazan con empañar el sueño de miles.
La noche se abre con la delicada «5 AM», preludio de una velada cargada de emociones y que sube en intensidad con canciones del último trabajo de Gilmour como “Rattle that lock” y “Faces of stone”. Sin embargo, y hay que decirlo, la verdadera magia se desata con los primeros acordes de «Wish you were here», cuando la multitud -que fue a buscar eso y no otra cosa- queda rendida ante una interpretación que parece detener el tiempo. Con una banda ajustada al máximo, Gilmour despliega su virtuosismo acompañado de una estética sobria, donde cada movimiento y nota parece precisamente calculado para provocar el éxtasis.
Luego, temas como “A boat lies waiting” y “The blue” envuelven al público en un estado casi onírico, que solo se ve interrumpido por el agradecimiento sobrio y la sonrisa del músico, proyectada en las cinco pantallas gigantes que capturan cada detalle del show, replicándose además en las 18 torres que tienden sobre el público una manta acústica imponente. “Buenas noches. Muchas gracias. Son muy amables”, dice el icónico guitarrista y a continuación lanza el segundo gran golpe de efecto de la noche, “una linda vieja canción”, “Money”, otro verdadero clásico de los Floyd que dio lugar al solo de saxo del músico brasileño Joao Mello, y a un inspiradísimo Gilmour, que no para de tirar trucos.
Desde aquella obra maestra editada en 1973 -”Dark side of the moon”- llega luego “Us and them”, en tanto que luego es el turno de “In any tongue” de “Rattle that lock” y “High hopes”, otro gran himno del Pink Floyd de los ’90, que comprobó que había vida después de (y sin) Roger Waters.

Para la segunda mitad del espectáculo el británico propone un viaje psicodélico directo a los inicios de la banda inglesa, con un despliegue visual impactante que acompañó a «Astronomy domine» y «Shine on you, crazy diamond» (que trae hasta el predio la imagen indeleble de Sid Barret), ovacionada por un público que apenas puede contener la emoción. Gilmour, con su inconfundible estilo, no hace más que subir la apuesta con cada tema. “Fat old sun”, “Coming back to life” y el infaltable “Sorrow” confirman que su destreza con las cuerdas sigue intacta y que, aunque los años pasen, su legado sigue tan fresco como siempre, al igual que los clásicos inoxidables de Pink Floyd.
Es así como «Run like hell» estalla entre público antes del primer adiós de Gilmour que regresa a escena con el inconfundible tándem «Time»-“Breathe”- «Comfortably numb» que sella al espectáculo como uno de los más memorables en la historia de los recitales en Argentina. El solo final de guitarra, tan potente como siempre, cuelga en el aire esa sensación de estar presenciando algo irrepetible, un sueño que se cumple y que ya flota en la memoria de todos.
David Gilmour, con su “delicado sonido del trueno”, logra retumbar en el alma de todos los fans argentinos y deja en claro en claro que su música y su talento son eternos.