
DOCUMENTAL: CRÍTICAS
La cordillera del Silencio: a 80 años de la Masacre de las Fosas Ardeatinas
Por Sergio Guzmán
Bariloche es una ciudad en la que vivió durante su infancia y adolescencia Carlos Echeverría. También vivió allí Erick Priebke, un alemán que llegó a la Patagonia para vivir gran parte de su vida como un ciudadano ilustre con un pasado oscuro, el que Carlos ilumina en su documental estrenado en 2006.
El 11 de septiembre de 1943, Roma dejó de ser de los y las italianas. El ejército Nazi se adueñó de todas las entrañas de la mítica ciudad europea. Un sector de la sociedad no toleró esa invasión. Un grupo de acción partisana estudió durante un tiempo los movimientos de las patrullas que transitaban por las calles y el 24 de marzo de 1944, resistieron. Atacaron con explosivos a un grupo de soldados en la calle Vía Rassella. Murieron 33. Al enterarse de lo sucedido Hitler ordenó la venganza. Por cada alemán que murió, los nazis asesinaron 10 ciudadanos de Italia. Mataron de más. Fueron 335 ejecuciones. Los cuerpos quedaron enterrados en las Fosas Ardeatinas.
Erick Priebke, llegó a la Argentina junto a su mujer y sus hijos en 1948 con una identidad falsa. Gracias a Perón, en 1949 pudo blanquear su identidad. Un tiempo después se estableció en Bariloche y trabajó de métier en un hotel. Era el primero en llegar, era responsable, cuidaba hasta el último detalle e incluso le revisaba las uñas a los mozos. Hablaba inglés, italiano, y español. Con el paso del tiempo Prieblke logró consolidar la imagen del inmigrante ideal, ese rango al que nunca llegan quienes vienen de Bolivia. Además de buen trabajador, era rubio, de ojos celestes y de cuerpo atlético.
A mediados de los años 80, Priebke pasó a ser un ciudadano ilustre cuando llegó a ocupar el cargo de presidente de la Asociación Cultural Germano Argentina de Bariloche, un refugió que habitaron (¿habitan?) nostálgicos del pasado y del que depende el Instituto Primo Caparo. Una escuela en la que en 1984 le prohibieron a una docente incluir en la currícula los libros de Heinrich Böll, premio Nobel de Literatura en 1972. Lo consideraban un comunista.
Pero este inmigrante estaba lejos de ser un ciudadano ilustre. En abril de 1994 un equipo de la televisión de los Estados Unidos abordó a Priebke en la puerta del Instituto y le preguntó sobre la masacre. Sin inmutarse, él admitió que participó en los fusilamientos y se justificó con una frase que usaron muchos genocidas en la dictadura argentina: “era una guerra y fue una orden”.
Una investigación de la justicia italiana reveló que Bariloche alojó por más de 40 años a un criminal de guerra. El alemán venerado por cierto sector de la sociedad, fue capitán de la Gestapo y era la mano derecha del coronel de la SS Herbert Kappler, comandante en jefe de la policía alemana en Roma, encargado de organizar la venganza.
Todos estos datos y tantos más se revelan en “Pacto de Silencio” documental de Carlos Echeverría, director oriundo de Bariloche y ex alumno de este colegio alemán. Apasionado por la investigación histórica este artesano del celuloide, hizo temblar los cimientos de la comunidad alemana de la cordillera al develar su trama de complicidad con el nazismo.
El documental presenta diversas hipótesis que buscan dar respuesta a la pregunta del por qué un sector de la sociedad llegó a convivir durante tanto tiempo con un criminal nazi que fue condenado a perpetua. ¿Por miedo? ¿Por estar de acuerdo con la visión del mundo que proponía Hitler?
A través de entrevistas a personas cercanas a Priebke, ex docentes, ex miembros de la comisión directiva del colegio, con imágenes de archivo y escenas ficcionales, entre otros recursos, Echeverría logra impactar al espectador a través de un relato que lo tiene como protagonista. Un impacto que se siente fuerte porque a Carlos no le contaron que pasó, él lo vivió.